domingo, 21 de abril de 2013

SOLEDADES


Tengo soledades repartidas en mis huesos, 
en todo mi ser. 
Algunas son nimias prominencias, 
y otras, desmesuradamente adversas,
fragmentan el día y pliegan las hojas. 

No me avoco a la tristeza,
me deslindo de nostalgias, 
pero me siento, irremediablemente solo, 
desentrañado de las perlas y la risa.

Acaso otros pasos me acompañan
y otras manos me recorren, 
obnubilando mis ojos de plegarias, 
de lágrimas o espantos que anidan en las sombras. 

Acaso sea yo el precursor del vacío, 
de la nada universal, inabarcable, 
que no admite dádivas ni arengas. 
Acaso sea objeto de un destino inevitable, 
como despedidas en andenes olvidados. 

Acaso yo no entienda
las verdades esenciales.
Acaso estoy solo, sin culpables ni emisarios,
ausente de mí, en el ojo perpetuo
de una multitud sin fronteras,
ciega, sin asombro.

CASA VACÍA




Tengo una casa vacía, sin nombre ni perdón; repleta de latencias, de amores que se fueron, sin rastro ni señal.
Mi casa es sitio de sombras, de absurdas vanidades, que andan por la noche, crujiendo mis frontales.
Mi casa es insomne, de verbos pestañados; derrama luz las mañanas y es lívida jactancia de muertes que me acechan. Yo no les temo, les abro espacio en los cajones, henchidos de recuerdos y flores paginadas.
Mi casa es templo sin dogma, vacío de palabras y preñado de silencios. Acaso habito a deshoras, a destiempo sus estancias. Mi arribo, desde alguna frontera de lascivia, fue tardío al lugar de sus portales.
Acaso sin lengua, soy irremediablemente el único habitante de su sombra, impía y verbal, que se alza con el alba y descansa en mis espaldas.

EL LAPACHO


















Mientras él las miraba,

por la boca de las hojas salían nombres,

frases y lágrimas.

Las gotas de lluvia,

que esperaba con certeza

y paciencia ejercitada,
se abismaban 
pluralmente indudables.

Con voz bronca, gutural,

los ojos amarillos, asidos a las ramas,

describían la voz que sale

de las fosas invisibles.



Él, pensaba en volver.

En cerrar los puños y saltar.

No quería esperar más.

Su vida, raíz sin árbol,

tenía el rostro de la espera,

cajón de albura vacío,

sin templanza ni candor.


Había extraviado tantas cosas,

tantas páginas sin ver,

acodado en la proa

de barcos ambulantes.




Entonces se detuvo, a golpe seco,

para observar las baldosas

de la galería, cuya frente mira al sur

con entereza.

Supo que era tarde ya, para volver.

De lo que fue, allí nada quedaba,

salvo el trozo de tierra

que lo espera ancestral,

bajo los rayos solares que estrellan

el hemisferio cribado del lapacho.

Entonces, ya sabido su destino

pudo descansar, después del salto.



LAS PUERTAS



He cerrado los ojos para ver el patio.
El verano, pedernal candente,
todo lo abarca, tendido sobre el césped,
como un manto que arde de locura.
Tu miras los rosales en silencio, madre mía,
y tu perfil, recto, blanco, se recorta contra el muro,
Que es verde, como las hojas.
Esa puerta, se ha cerrado.
Y de nuevo cierro los ojos, para ver,
esta vez, el otro patio,
que está lejos, querubín,
anidado en tus manos de pan,
que elevan dulces mi semblante
sumergiéndome en tu aroma,
hijo mío;
en el Amazonas de tus ojos.
Esa puerta nunca cierra
y aúlla
invocando mis manos,
en su quehacer de alas que liberan.
Jamás la cierres.
Estaré a tu lado sin reservas
en mi humanidad
probablemente limitada.
-¿Sabes? En ocasiones imagino que los años han pasado, que soy aún más viejo, y estás en el lienzo onírico, con tus manos de pan y el Amazonas de tus ojos; imagino que no estoy solo, que existen otros patios y otras puertas. Entonces todo lo que he visto y sentido, cada letra, cada nota, cada abrazo y cada beso, no habrá sido en vano, ni se perderá en el cosmos, para siempre -