jueves, 9 de mayo de 2013

LA CONDENADA



Ella estuvo condenada a enamorarse una y otra vez del mismo hombre. De los mismos ojos, de los mismos labios, de la misma voz, que desde el brocal del pozo le decía: te amaré siempre. 

Pero siempre era mucho espacio a recorrer, cargando tantas incertidumbres y tristezas. Él lo sabía y ella, también. No obstante, al abrir los ojos, había vuelto a reencontrar los sueños venideros, y de sus pestañas brotaban caricias del hombre que por las noches se tendía a su lado, sin despertarla, hasta el amanecer. Mientras dormía le hablaba al oído nombrándole todas las verdades, las luces y las sombras de su alma. Ella soñaba, mientras él le acariciaba el pelo, envolviendo la su desnudez con aliento oceánico. Le hablaba de lugares extraños, que ella traería a este lado, para que brotasen como semillas que germinan en un frasco de cristal. Desconocía la procedencia de cada semilla, pero se estremecía al ver cada tallo, cada raíz visible y los primeros brotes de hojas, íncubos del amor que él le relataba. Con el paso del tiempo las semillas fueron cientos, miles y de a poco poblaron todos los rincones de su casa.

Un día él dejó de abrazarla, de hablarle al oído y de acariciar su pelo. Entonces ella dejó de soñar, por lo que no hubo más semillas que germinasen en su hogar. Cada mañana buscaba en sus pestañas, en su rostro vacío. Olía su cuerpo para recordar aquel perfume tan amado, pero todo, de repente, había desaparecido. Entonces no tuvo dudas: sin palabras, sin sueños, sin abrazo, sin amor, sólo quedaba el brocal yermo. Se acercó lentamente, con el convencimiento de que aquella mañana sería la última. Lo llamó una vez por su nombre, pero no hubo respuesta, salvo el eco de su cuerpo.




INFANCIA

En los pasillos del viento, la cuenca de su torax estalla en colores. Es el niño del alba que disimula el hambre, la desazón de los días que no pasan y se quedan, inmóviles, en el costado de su vientre. Sus ojos, alas de pez, lo guían dentro de la marea verde del cielo, su propio cielo, en el que las estrellas dispersas, sin orden, nacieron hace meses, desintegrando el odio y restaurando la sonrisa, otra vez, sobre el mapa marrón de sus manos.
Apenas sabido en palabras, es esencialmente puro, terrenal impropio de un mundo de injurias y falacias. 
Por las tardes, cuando el sol destella coral en sus cejas, él entrelaza las hebras del sueño, que lo hacen vislumbrar al hombre, que sin duda, será algún día.