jueves, 9 de enero de 2014

UN PEZ EN EL VIENTO

Hay cosas que no sé decir,
puertas que no sé abrir
y tierras que no sé pisar
sin sentir
la congoja del abismo.

En el confín celeste de la isla
las araucarias flotan en el aire
y mi piel se rasga ante su hojas
con el dolor
de lo perdido para siempre.

No hay hombre que entienda esto:
perder para siempre el amor,
la mirada, el recuerdo, la voz
el latido, los pasos, la risa,
el olor, el tacto, la razón,
la mirada, el sabor,
el abrazo, la voz, otra vez la voz
que a lo lejos vive y muere
como un pez en el viento.

DESPEDIDA

Sé que al final, sin quererlo,
todo se irá perdiendo en las olas,
en la cresta nácar de la espuma:

Se perderá la línea de tus brazos,
el perfume de tu vientre
y el rencor, también se perderá.

Se perderá tu aliento,
el temblor del abrazo
y la razón del sentimiento.

Se perderá el gemido,
el placer inmenso de tenerte
y la pasión, también se perderá,
como todo en el mundo,
salvo el indómito aroma
de las piedras.

NO MÁS TE QUIERO

LA mirada en el cielo 
se pierde
tras la espuma gris
que dejan los viajes.

Ayer miraba el cielo,
tenía en el bolsillo 
un billete.
Ayer miraba el cielo
y era de otra forma, 
distinta:

Planeaba horizontes, 
vestía vanidades.
Era, a todas horas, 
diferente:

Bebía café puntualmente,
nacía de las flores
y amaba tus ojos.

Ayer, por la tarde
vi la última estela
y no hubo más viajes,
ni más te quiero.