sábado, 12 de abril de 2014

LA DUDA

NO sin dudas
alguna vez pensé en
quedarme a tu lado.
A orillas del mar y el viento
acodado en la proa del futuro
que ni existe 
ni se marcha.

Somos cuerpo de tormenta
esencia de rayos
de intrínsecas pasiones.

Somos esencia de olvido
deseo de llegar y quedarse
nunca a tiempo
nunca al mismo sitio.


MEMORIAS



A mi hermana, Inés Gonzalez.

I
ES de madrugada. El aire inmóvil amalgama el silencio desde el mismo fondo de mi boca.
Estoy ahí, de espaldas en el centro del tiempo que se ha detenido. También me he detenido, y sin embargo el paso implacable de los años continúa su infatigable tarea entre mis partes:
Se me cae el pelo y en mi rostro se crece una geografía que desconozco. 
Me hago viejo, aunque el tiempo no transcurra. No puedo evitar esa sensación de desamparo, que en ocasiones me sorprende en los sueños. Entonces vago por la casa, a tientas en la oscuridad, sobre esos pasos que andaré mañana; recurro a los sitios comunes, que bien conozco y, a veces ya muy tarde, tu rostro invade todos los resquicios del insomnio. No queda lugar para nada más.
¡Qué más quisiera yo, antes de los primeros gallos!
En el patio, el amanecer rojo de las baldosas está cubierto por el velo del rocío. Una, otra, cientos de hojas han caído desde el ramaje, ahora gris, de los árboles, masa extraña que se mueve con voz propia. Me agrada oír ese compás. Me acaricio con él cada mañana, antes de salir a la calle, donde todo, siempre, es diferente.

II
ME levanto, cuando ya los terrores de la noche han vuelto a su caja, rodeado de innumerables rayos de sol, cuyo cuerpo se evidencia en el reflejo de las partículas que flotan en el aire de la casa. Soy de nuevo el que era antes del sueño. Vienes, te acercas y tus manos contienen mis facciones. Miras el centro de mis ojos, mientras la musicalidad de tus palabras me devuelve al día.
Ahora, el ladrido de los perros es diferente, otro. Ahora, esa mano que aprieta mis costillas se ha fundido con la fronda de tus ojos y ha desaparecido.
A veces, hermana, pienso, sueño tantas cosas que no caben en mi espacio. Aprietan sin descanso la pequeña realidad que nos toca. Invocan truenos, ciclones, crecientes de ríos que desconozco, que nunca veré, entre estas paredes que han ido creciendo desde la noche. Ayer, sólo ayer, eran menos infinitas. Hoy, mis ojos casi no las tocan. Pero no quiero que estés triste, ni que mi adicción a la nostalgia te haga presa de su encanto, ya que ese eco que te nace desde el alma, esa melodía que me alivia, es justo lo que nos hace diferentes, paralelos.



EL UMBRAL

A mi padre, Juan E. Gonzalez

Tu voz se quiebra
en el letargo
de un cuerpo cansado
jadeante.
Hecho a esquivar
la veracidad
de un porvenir cercano
inevitable
mientras tu memoria pervive
reza
resiste sin tregua
evocando el pasado
que te hace
otra vez amar
a tu manera
pero amar así
desesperadamente
la copa del vértigo
el cristal del instante
y los dientes
de una soledad
tan llena de recuerdos.



LA BUENA MEMORIA

            HABÍAN sido felices. No siempre, pero lo habían sido, aunque en ocasiones él prefería estar a solas, con la certeza de que ella volvería. El eco de su risa-ella, formaba parte del universo común, donde el rumor cotidiano, el aroma del café y el alarde estridente de los pájaros en el patio, eran su partitura predilecta. Nunca se lo dijo, pero ella, tal vez lo sabía, como sabía tantas otras cosas que a él le hacían la vida menos dolorosa.
 
           Algunas tardes bajaban al patio, sin mirarse, y contemplaban el clamor de las hojas iridiscentes, la enamorada del muro y las flores del jazminero real. En un extremo, el pequeño limonero era feliz, o eso creían. Entonces, otra vez ella sonreía, mientras él miraba sus manos, que le parecieron bellas desde la primera vez que la vio, y supo que estarían juntos, mucho tiempo.
 
           Por eso, él ahora vaga descalzo, buscando otra vez el clamor de las hojas ciegas, de sus manos y su risa, que se han ido, con el aroma del café y el bullicio de los pájaros. A veces llora, aunque sabe que este hecho no cambiará nada. Entonces piensa: todos, a veces lloramos, para que las palabras no dichas vayan saliendo, viéndose por fin, de cuerpo entero, entre los rayos del sol.

A Olga, la madre de mis hijos.