martes, 28 de octubre de 2014

TANGO EN SEPTIMA-MENOR

LA parca se desangra en la esquina
y tuerce,
desapareciendo de los charcos,
de las veredas malparidas
y de mí.

Agonizo con rabia tu cráneo,
tu fragmento de adiós diminuto,
lo poco que han dejado
de todo lo que fue y no volvió.

Pero desaparezco siempre y no estás,
me destripo todo y no estás,
me lacero la nariz, los dientes,
y no estás ya más.

Serán las puertas de cristales rojos,
los pasillos grises sin vos,
que ya tardás mucho en nacer
otra vez, sin darte cuenta.

En lo alto, un hombre mira sus manos.
Ellas no le hablan, salvo del dolor,
de la amargura de no ser y no tener.
Pero él las mira, sabiéndose ahogado
por un océano de lágrimas sin ton,
venidas de los ojos enterrados,
de tu ardor y de la muerte,
sin saber. 


TANGO EN SEXTA

Vos sabés,
sin dudarlo, que por las tardes
yo me duerme en las agujas.
Tarde gris amarillenta,
hoja ciega del silencio.


Vos sabés,
con certeza, que yo me esfuerzo
en dibujarte punto a punto

las mejillas,
que me sesgo
noche y día para odiarte,
y arrancarte de mis venas,

y no quererte.

Vos sabés,
con acierto, cuánta sangre 

yo derramo en desterrarte,
en apartarte de mi pubis,
de mi venus ascendente.


Vos sabés,
precisamente, que no queriendo

yo te añoro y sigo solo,
que con carencia yo me río

y me defiendo,
y que, en definitiva, con rencor
haré las paces con tus dedos,
tal cual brillan
en el borde de mi mente.


TANGO EN QUINTA

EL amor, la ausencia
y la soledad
se amoldan

a la forma de tu cuerpo,
ahora distante,
diferente

según pasan los días.
Entonces,

mi memoria va borrando,
ordenando las partículas
sin luz de tu partida.



TANGO EN CUARTA

OTOÑO de rodillas sin luz
que subís por mi criterio  

por mi piel
desplomándote en mi cama
sin pasión
 

Hoy las hojas fluyen
en la liturgia de las aves

y un celestino navega
las ramas del mandarino torcido
espectral
que agoniza junto al huerto.


Bajo a la raíz
para ver el mundo así tendido
y sollozo
vierto improperios: 
 

El dolor es tan enorme
que requiebra la caja roja
de mi tórax.

 

Apenas oigo tu adoquín
tu esquina de tango infeliz

y tu abrir de pétalos secos
resecos por el rayo de hollín.
 

¿Vas a venir?  Yo te espero
silbando mientras tiemblo.
Entre los cañaverales anda el duende.
Tengo frío y tanto, tanto miedo.