martes, 3 de marzo de 2015

EL ESTADO DE LAS COSAS

A VECES, mis dudas me preguntan
sobre el estado de las cosas, interrogan
brújulas que murieron hace lustros.
Se asoman al balcón, para mirar
la estampa de una muerte que descansa.

A veces también callan, dudan y observan
sus rostros demacrados,
su brazos inservibles, sus fémures cansados
y su esquina sin regreso.

Entran, salen de los bares, de los cines
donde la gente ya no piensa ni se mira,
donde los periódicos siempre son de ayer
porque todo está contado,
relatado en las paredes del silencio.

Entonces, regresan deshechas, temblando
de un miedo ancestral, perdidas en el mar
de las preguntas. Y yo, que estoy tan triste, 
les froto las mejillas, las arrullo con cariño, 
con pena inabarcable, pero cierta.

Después de todo, son mis dudas, mis preguntas,
mis respuesta, mi no saber qué hay más allá
de este país sin horizonte, del filamento
terminal donde se acaban las respuestas,
y empieza, IMAGINO, una llanura sin margen,
una visión más dulce, del abrigo que nos dejó tan desprovistos de esperanza, 
obligándonos a ver nuestra miseria, sentada en la espalda de la mesa, pobre mesa]
de maderos sin origen, húmedos, fieles,
que acarician la tersura transitoria de mis dedos,
que lloran todo el día, sin consuelo.

Amanece, y estoy desde hace horas
con los ojos abiertos, fijados en el vértigo del techo] cubierto de besos y caricias,
que huyeron al verme tal cual soy.

Me siento, ya sin dudas, extenuado en la llanura,
buscando la silla de mi origen, porque hay,
según el estado de las cosas, un origen de raíces,
y un final inamovible que borrará mis iniciales,
dejándome exhausto, en medio del frío donde nacen los arroyos]

Ahora lo recuerdo claramente:
Él dijo susurrando: he llegado. No es mi lugar, 
lo sé, pero he llegado, y me siento a esperar
el viento de la muere.