miércoles, 11 de marzo de 2015

QUE SEA BLUES



QUE SEA, la indomable rueda ya nombrada.
Primero, cuarto y quinto grado de la escala diatónica, una y otra vez, hasta que el mismo tiempo se desplome entre las cuerdas del azul.
Que sea Blues, Robben Ford.

VERDADES

COMO árboles
brotamos, ante una frustración
del amor,
y de piedra se hacen
los labios, la mueca reflejada,
y los dedos,
de los que salen la lumbre,
las higueras preñadas de luz
y de futuro.

COMO animales lentos, 
incesantes en la virtud de querer 
la otra piel,
el hueso que de siempre
nos reclama la verdad.
ENTONCES, llegados a este punto,
por libertad nos preguntamos:
¿Quién merece el tono dulce de mis manos?
¿Quién la virtud de mi esquiva cordura,
de mis lascivos pensamientos , de mi deseo
brutal, de mi sexo?
¿Quién desgarrará otra vez 
el jirón de mi bandera?
¿Quién tallará con paciencia relojera,
la sonrisa de mis labios?
Y, sobre todas las cosas,
¿Quién se quedará, por fin, sin preguntar,
sin adherir escombro a mi estatura,
si reclamar un verbo que no llevo?
Para todas estas cosas,
se declama en olvido sostenido,
en libertad radiante
y en bemol de vanidad 
y de mentiras.

Yo miento, tu mientes y él,
y ellos saben, la situación
de ese camino, que nos lleva
al olvido, bravo tren 
que no admite pasajeros.


PRIMAVERA

ABRE esta mano una arteria
en el aire, por la que pasa
la luz sin firmamento ni historia.

Sólo la luz, 
que despedaza las rodajas del pan,
los gajos de un pomelo y, acaso,
las últimas ternuras del invierno,
que es, a saber, un cordero
que agoniza y se retuerce
ante el paso trepidante del deshielo.

Lloran, no obstante, algunas hojas,
algún gorrión, ante tanta bravura,
ante el pié de quien guía los hilos
del viento, los extremos de la madeja
que ahora gira enloquecida,
sin más razón que el propio impulso
de su cuerpo moreno, atento
a la vanidad de los claveles,
a los rosales adversos, que se ríen,
y a las banderas desplegadas,
que advierten 
el advenimiento del fuego.

ASÍ, todo será luz, templanza,
sonido líquido de hojas 
en la fronda de los árboles,
en el saber de los helechos y los búhos,
en las constelaciones y, finalmente,
en mi memoria maltrecha,
que se resiste,
a desterrar alguna sombra doliente.