domingo, 3 de mayo de 2015

LAS MULETAS

HA llegado desde la calle, dejando el abrigo raído sobre un matorral de papeles ajados.
Sus párpados, apretados con rabia, vuelan cual linternas rotas, encendiendo y apagando la escasa luz de su casa, pobre casa blanca, que se perdió en la lejanía de quienes alguna vez la habitaron, en el eco descascarado sobre el suelo de baldosas rojas. 

Él, por fin se sienta en el sillón que está junto a la puerta de entrada. Es un sillón de estilo indescifrable, que huele a lluvia y a polvo de muchos lugares. Cierra los ojos, queriendo escuchar alguna muleta, pero sólo el silencio retumba en el latido sistólico de su pleamar sanguíneo. Antes tenía muchas. Hoy sólo alguna decora su frente, como un sello postal muy antiguo. Algunas tenían lacias melenas doradas, otras eran indomables, de un sólo cristal plano, que no veían más que hacía un costado, y también las tenía innobles. Las había dulces, como el pan de zapallo amarillo, como los besos que daba y nacían del torso de cada muleta. Eran tantas, que un día se olvidó de mecerlas, de regarlas o amarlas. Y el odio hizo nido en sus vientre, donde antes él las tocaba, sin saber o creer, que tanta muleta se vuelve de amnesia, se olvida de todo, de las direcciones postales, de los números de teléfono. El suyo. Entonces, de rodillas, lloró sobre los muebles, sobre el bosque de papeles ajados, sobre las rojas baldosas y sobre la herida imborrable de todo lo que se fue.
Él sabía, a veces la vida te despoja de los juegos, del espasmo ardiente, y de las mentiras. A veces la vida se sienta en el sillón de orejas raídas, a pensar, mientras él, se había quedado solo, para siempre.