viernes, 17 de julio de 2015

PERIFERIA

UN santuario de umbrales retuerce su espejo. 
Se disloca en el sudor de las flores, 
en la penumbra del asfaltado, y cae sin remedio, 
abriendo la boca.
Mientras, la raíz del cordón se aniquila sin más. 

Sin dejar espacio al compás del rencor. 
Mas allá 
están los árboles que nunca nadie plantó, 
asediados por el sol implacable, 
incansable, 
que como sima sin fondo se descuelga del cielo.
 

Entonces, la cribada luz
y las hojas hechas sombra,
se estrellan contra el suelo,

y mueren.