lunes, 10 de agosto de 2015

EL PRISIONERO



A mi padre, Juan E. González

En algún lugar existe un muro
repleto de memoria.
Allí duerme el pan, con hambre
de palabras.
 

La mesa, los restos del otoño, 
y el padre no presente
que implora a su retoño:
 

-Hijo, préstame tus manos
para poder hablar-
 

-Déjame las llaves
de mi orgullosa muerte-
 

¿Para qué vivir sin poder gritar?
¿Para qué los ríos, o el árbol
de la lluvia?
¿Para qué la espuma, entre tanta muerte?
 

-Hijo, acaba tú
de liberar la sudestada.
Libera las majadas
que pastan en el sur,
enciende la esperanza
y déjame partir.
Mi labor,
ya se ha cumplido-